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Somos todo lo que hacemos. Las cosas buenas, las malas, los errores y los aciertos. Ok. Somos todo eso y más. Somos lo que piensan que somos, lo que aparentamos, los que nos gustaría ser e intentamos. También la ausencia de lo que no somos y lo que odiamos. Sí. Somos lo que odiamos. La envidia, la rabia, el dolor también somos. Nuestra figura, cara, olores y texturas. Lo que comemos, tomamos y escuchamos. Nuestra ropa y padres, hermanos y tíos. Las muecas, los caprichos y las palabras. Somos bocha de cosas. ¿Sabés definirte? No te creo.
Y cuando todo lo que esperabas deja de ser lo que era para convertirse en pasado, duele. Duele porque te gustaba vivir en ese mundo de cartas, canciones y promesas. Promesas que parecian mucho mas reales cuando no lo eran, canciones que sonaban para entristecerte dulcemente, cartas que releias a veces, para darte cuenta de que todo sigue igual, de que nada de lo que te gustaría que pase sucede. Porque al fin y al cabo, cuando suceda, dejará de ser un “me gustaría” para convertirse en un “ya pasó”.
El riesgo que corremos con eso es terminar olvidándo. Entonces, no solo nos sentimos defraudados con la poesía sino que los detalles más pequeños e importantes corren peligro. La única manera de recordar es que suceda. La única manera de olvidar, también.
Tenemos dos fuertes razones para odiar las añoranzas que dejan de serlo: la desilusión y el olvido. Con la desilusión vienen varios sentimientos más, como por ejemplo la frustración y la pérdida total de confianza en tus deseos. Ya sabés que nada es como promete ser, o por lo menos nada es como vos te imaginás.
Se te acabó, ya no está la ilusión de que sea él, tu lugar en el mundo. Habrá que seguir viajando.
Apretá el botonito así lees con música. Siempre es más lindo así.
Se escurre entre los dedos la impaciencia. Estás perdida, paradita sobre un banco de plaza mirando para todos lados a ver qué viene. Qué pasa. La tarde pesa y las agujas del reloj parecen atrasar el tiempo que avanza con pies de plomo. De pronto parece que algo se acerca, pero ahí queda, acercándose en constante. Es como estar en la antesala de un consultorio sin turno. O esperando que te atiendan para comprar comida sin saber hambre de qué tenés. Sin dudas no te agrada estar ahí, moviendo la patita, esperando movimientos que no ves. Escuchando de lejos que algo se acerca pero siempre con la misma intensidad de volumen. Tac- tac- tac. Suenan pasos, siempre igual. Tac- tac- tac. Nada cambia y te desespera.
Te sentás porque aburre. Duelen las piernas de tanto ponerte en puntas de pie. Los tobillos sobretodo. Abrís un libro, crees que es lo mejor, por lo menos tenés un libro, pensás. No hay manera de concentrarte, esos pasos te empiezan a volver loca. Tac- tac- tac. Cerrás con violencia la historia que tenés en tus manos, te parás sobre el banco y gritás que basta, que se termine, que deje de caminar, que avance o se vaya pero necesitás que cambie porque tu mente explota de la presión. Obvio que no funciona. Te volvés a sentar, esta vez llorando.
Pero, momento. Te das cuenta que en el banco estás más cómoda de lo que creías y que todo lo que necesitás lo tenés al alcance de tu mano. Libro, una botellita de agua. Música. De vez en cuando pasan tus amigos a verte, a darte aliento. Las cosas no van tan mal.
Dejás de llorar y seguís esperando. Esta vez un poco más tranquila. Los pasos ya no molestan.
Me gusta el estado de fragilidad. Me gusta sentir miedo porque luego, cuando estoy protegida, soy mucho más contenta.
Me levanté violenta.
Mi mi MIMIMI mi mi mi mi. Mi mi mi mimimimi mi mi mi.


